lunes, 30 de enero de 2012

Otro traslado

Esto empieza a parecer una epidemia, después del traslado del Taller de Encuadernación Molaguero comentado en la entrada anterior, le toca el turno al Taller de Encuadernación y Restauración de Blanca Gallejones, que se había establecido en la calle Magallanes hace algunos años.
La necesaria política de recorte de gastos que ha tenid que hacer frente por la tan traída y llevada crisis  ya provocó una reducción de personal hace unos meses y ahora el traslado de la sede del taller al propio domicilio de Blanca.

domingo, 15 de enero de 2012

Traslado, no cierre.

El cierre de la librería San Quintín no es la única novedad que se ha producido en las últimas semanas con respecto al mundo del libro. Una de las más significativas encuadernaciones de Santander ha sentido el varapalo de la crisis e intenta sortearla con un traslado de sede.
La más antigua es Molaguero, probablemente la empresa de encuadernación más antigua de la ciudad que aunque cambió de propietario hace ya unos lustros, ha mantenido el primor en la encuadernación mientras ha adaptado el negocio a nuevos ámbitos y especialidades. Históricamente ha estado en  Burgos 9, casi al fondo del pasaje a la izquierda y allí la mantuvieron José Luis Pardal y María Jesús Gil o María Jesús Gil y José Luis Pardal durante años.
Ahora, con el cambio de año, no sé si con el cambio de gobierno, pero con ánimo de seguir creciendo, han trasladado el negocio a la calle Alta, una zona más abierta y un local más amplio y con más luz, en el que inician una nueva andadura con la vista puesta en el futuro sin olvidar el pasado y la tradición de un oficio que ambos conocen y cuyas herramientas más antiguas, hoy en desuso, exponen en uno de los escaparates.


lunes, 9 de enero de 2012

Cierre de la librería San Quintín

Como colofón a un año problemático (al menos) llegó en el mes de diciembre la noticia del cierre de la librería San Quintín, de Rodolfo Plana. Al parecer una de las razones ha sido el estado del edificio en que se encontraba, la foto demuestra que no era precisamente espléndido, pero si se aumenta la imagen se puede comprobar que lo más triste es el actual vacio del escaparate y las estanterías.
La inauguró en 1988 en la calle San Luis y desde entonces ha surtido de viejos y buenos libros a los amantes de la literatura, la historia o las humanidades en general. No han faltado en sus estanterías obras de ciencia y técnica, pero como comenta en la entrevista que publicó El Diario Montañés, su pasión por la buena literatura le llevó a llenar con ella las baldas y a pasar muchas horas de lectura mientras atendía a cuantos entraban en el pequeño local.
Se pierde así el único lugar de Santander dedicado exclusivamente al libro viejo. No es el primero que lo hace, en los noventa, si no me equivoco, cerró Popol-Vuh, en la calle San Celedonio, una zona, por cierto, que ha pasado de estar bastante degradada a convertirse en uno de los focos culturales de la ciudad a través de las actividades que realiza la asociación Sol Cultural en la calle del Sol, donde precisamente se encuentra la única librería de viejo que nos queda, Roales,que no se dedica sólo a la letra impresa porque los intereses de su propietario son muy diversos.
Volviendo a la decisión de Rodolfo Plana, espero que sea un bache en el ánimo y pronto recupere, de algún modo, una actividad a la que estaba destinado por naturaleza y que proporcionaba gratos momentos a los que nos acercábamos por allí.
Un común amigo, el doctor sevillano-cántabro Manuel de la Sierra, me comentaba la sorpresa que le supuso enterarse del cierre de un rincón de la geografía urbana que era referencia obligada para muchos escritores y bibliófilos.
Con el cierre de San Quintín no sólo se pierde una librería, se clausura un refugio y en ocasiones una caja de sorpresas.

lunes, 2 de enero de 2012

Falleció el doctor Guerra Pérez-Carral

Fotografía de Pablo Linés Vinuelles, tomada del libro  
Una biblioteca ejemplar. Tesoros de la colección Francisco Guerra en la Biblioteca Complutense

Cantabria tierra agradecida a sus mejores hombres y mujeres, como manda la tradición, es capaz, como lo acaba de demostrar, de ignorar tranquilamente la desaparición de alguien como el doctor en varias disciplinas académicas Francisco Guerra Pérez-Carral, fallecido en Madrid el pasado día 25 de noviembre.
A pesar de ser Hijo Predilecto de Torrelavega, ni en aquella localidad, de la que su actual alcalde es también médico, ni en ningún otro ámbito o foro ha habido un sólo dirigente político que haya hecho mención a él (y mira que he dejado pasar tiempo). Sólo algunos blogs o páginas webs de autor han recordado su figura.
En prensa escrita apareció una necrológica de Juan G. Bedoya en El País, pero en Cantabria ni una palabra y en concreto en El Diario montañés se han negado a publicar un breve texto que envié. Probablemente su pecado fuera ser republicano y no renunciar a ello durante toda su vida.
Con razón legó su biblioteca a la Universidad Complutense. Una biblioteca que es, quizá, la más extraordinaria que haya formado en el siglo XX ningún cántaro.


Esta y no otra es la realidad de la cultura en Cantabria, por muchos millones que se lleven fundaciones y proyectos.
En los años que el doctor Guerra ejerció la docencia en la Universidad de Cantabria dejó una huella que se pudo comprobar hace unos años, cuando, con motivo del 75 aniversario del Hospital de Valdecilla, dio una conferencia a la que asistieron numerosos antiguos alumnos. Uno de ellos, mi hermano Jaime, comentó en cierta ocasión: Un profesor excelente, estimulante y nunca del todo satisfecho con lo que se le entregaba; yo no sé las veces que me hizo repetir dos trabajos, uno de Medicina Precolombina, y otro de Medicina del Barroco: ¡si hasta hoy lo recuerdo todavía!  Me enseñó mucho, no sólo Historia de la Medicina.